Impulsados por el dolor y unidos por el amor

Compartimos la entrevista a tres integrantes del equipo de “Ayuda Mutua para Padres que perdieron hijos”, publicada en el diario La Nación el sábado 6 de septiembre.

Transformar el dolor en amor para ayudar a los demás

Luego de afrontar la más dolorosa de las tragedias, estos padres eligieron renacer y en su afán por ser felices, encontraron en la ayuda mutua y en la prevención de otras muertes, la fuerza para seguir adelante

Por María Ayuso  | Para LA NACION

Quienes lo vivieron, coinciden en que la muerte de un hijo es lo más parecido a la propia: una espada que atraviesa el corazón; un antes y un después; un quiebre definitivo; un terremoto que no puede medirse en la escala Richter; una bomba que cae sobre toda la familia. Pero son muchos los padres que, tras pasar por esa tragedia a la que no le ha sido dado un nombre, eligen construir amor desde el dolor e intentar volver a ser felices. Resurgiendo de las cenizas, como el mítico ave fénix, encuentran en la ayuda a sus pares y en la prevención de otras muertes, la fortaleza para ponerse de pie y empezar una nueva vida.nota_lanacion_2014

Testimonio de ello son Alicia Scheider y Gustavo Berti. El 20 de mayo de 1988 se les cayó el mundo a los pies: Nicolás, su primogénito de 18 años, falleció en un accidente de tránsito. A partir de ese momento, el matrimonio cordobés se empeñó en una búsqueda interior, convencidos de que la vida no los iba a vencer, y que la muerte de su hijo marcaría un hito fundamental en su existencia. “Un hijo es un ser tan importante y amado que no puede irse de nuestras vidas sin indicarnos que hay algo valioso que debemos hacer con lo que nos pasó: uno tiene que levantarse y ponerse de pie en su homenaje,y convertir el dolor en amor”, recuerda hoy Alicia, de 68 años. A la sucesión de lo que interpretaron como señales -comenzaron a encontrarse, continuamente y en diversas circunstancias, con padres cuyos hijos habían muerto- se sumó una carta que el matrimonio recibió, en respuesta a una suya, de unos monjes budistas: recomendaban que se acercaran a un grupo de personas que hubiesen pasado por lo mismo. “Con Gustavo nos miramos y dijimos: No hay un grupo. Y mi esposo agregó: Quizá nos toque comenzarlo nosotros -cuenta Alicia-. Cuando parte un hijo se te transforma la existencia. La única respuesta a ese duro interrogante que te hace la vida es tu propia actitud: una cosa es lo que te pasa, y otra muy distinta, qué hacés vos con eso que te pasa.”

Decididos a tomar el toro por las astas, se dirigieron al periódico local y buscaron en los archivos de las necrológicas los nombres de los padres cuyos hijos habían fallecido ese año. Una por una golpearon las puertas presentándose: “Les explicábamos que nosotros también habíamos perdido un hijo y que queríamos comenzar un grupo de ayuda mutua para encontrarle sentido a una nueva existencia”, dice Alicia. Así, el 5 de diciembre de 1988, en el Colegio Médico de la ciudad de Río Cuarto -que les prestó las instalaciones-, Alicia, profesora universitaria de inglés, y Gustavo, médico neurocirujano, recibieron al primer grupo de padres, dando nacimiento a Renacer. “Queríamos que la vida valiera la pena ser vivida, y que la hija hermosa que nos quedaba pudiera tener padres enteros nuevamente. Encontrarle un sentido a nuestra vida significó renacer, extender la mano al otro que sufre y darnos cuenta de que siempre hay que estar abiertos a los demás”, explica.

Hoy, a casi 26 años de su creación -que se conmemorarán el próximo 6 de diciembre con un encuentro abierto a la comunidad-, Renacer funciona en centenares de grupos de ayuda mutua en la Argentina, varios países de América latina y España. Los grupos tienen su fundamento filosófico en la logoterapia y el análisis existencial de Viktor Frankl, y reciben no sólo a padres, sino también a hermanos, amigos y otros familiares. A través de una contención amorosa se busca ir más allá del duelo, alcanzando una transformación interior de los papás -que se reúnen independientemente de la causa de la muerte y la edad que tenían sus hijos-, haciéndolos más solidarios y receptivos al dolor de los demás. Cuando María de los Ángeles, la hija mayor de Susana Carreño y Roberto González, vio en una cartelera de una iglesia de Once información sobre Renacer, no dudó en contárselo a sus padres. Era 2010 y habían pasado dos meses desde el fallecimiento de María Luz, que tenía 25 años y era la hija menor del matrimonio. A partir de ese momento comenzaron a asistir al grupo que funcionaba en Lanús. Roberto admite que, al principio, sentía que iba a las reuniones solamente para acompañar a su mujer. “Un día, Susana fue al grupo y yo me quedé en casa. Lo único que sentí entonces fue la ausencia de Renacer: no me había dado cuenta de la importancia que tenía para mí. De ahí en más: asistencia perfecta”, cuenta. Con el apoyo incondicional de sus pares en Lanús, Susana y Roberto impulsaron la creación de un nuevo grupo Renacer en Claypole, al que hoy concurren más de 20 personas. Susana no duda en definir a Renacer como una escuela de vida. “Ahí aprendemos de nuevo a ponernos de pie. Si no hubiese conocido a este grupo, no sé qué hubiese sido de mí: tengo dos nietos hermosos y tal vez no los podría disfrutar, ni a ellos ni a mi hija -explica-. Pero se puede volver a ser feliz, en honor a ese hijo que partió y a los que nos quedan. Es un camino que hay que transitar y que implica mucho trabajo: ir a las reuniones y tener voluntad.”

Volver a ser feliz

En 2013, cuando caminaba por la calle, a Elizabeth Ele Basavilbaso la detuvo una mujer a quien no reconoció. Le dijo: “Ele, no te acordás de mí, pero vos me devolviste la vida”. Sintió que se le caían las medias. Desde hace 32 años, Ele forma parte del Centro de Espiritualidad Santa María, donde acompaña a padres y familias que atraviesan por lo que ella pasó: la muerte de un hijo. Fue en 1981 cuando Marina, de tres años y medio, falleció en un accidente en su casa. Ele tenía 27 y estaba embarazada de ocho meses de su cuarta hija. “Un tío jesuita me prestó el libro Muéstrame tu rostro, de ignacio Larrañaga, y empecé con una oración de silencio”, cuenta. En eso estaba cuando conoció a inés Lanús, fundadora del Centro: “Me empezó a acompañar y me sigue acompañando: todo lo que sé lo aprendí de ella”, admite. Ele recuerda cómo, al poco tiempo, al final de una conferencia brindada por inés, ésta la llamó y le presentó a una chica que se había acercado llorando. “Me dijo: ¿Por qué no hablás con ella? Se le acaba de morir su bebe. Ahí nos empezamos a juntar, charlábamos y llorábamos, y yo me daba cuenta de que era como una terapia entre las dos.” Así fue como comenzó a coordinar los grupos de ayuda mutua del centro para padres que perdieron a sus hijos. “El primer día que los papás llegan a una charla, lo único que trato es de darles esperanzas, porque yo sé que la vida y muerte de Marina me enseñó a vivir -afirma-. La vida te confronta con la muerte de un hijo, te plantea ¿qué vas a hacer ahora? Yo tengo la certeza de haber tenido un momento de decisión: sobrevivo o vuelvo a ser feliz. Cuando se te muere un hijo, una espada te atraviesa el corazón. No elegimos lo que nos pasó, pero sí podemos elegir cómo lo queremos vivir: yo no quería que la vida de mi adorada Marina significara la muerte de toda mi familia. Por el amor que le tuvimos y le tenemos a nuestros hijos decidimos ser felices.” Para ella, la oración fue una gracia muy especial, y asegura que en los encuentros se comparten “todos los sentimientos: bronca, culpa, negación, enojo”. No duda en definir al duelo como un trabajo: “Es mucho más fácil elegir evasiones, pero el desafío es volver a la vida”.

Carolina Vaca Guzmán coordina junto a Francisco, su marido, uno de los dos grupos del centro, en San Isidro. En marzo de 2009, el matrimonio sufrió la muerte de su hija mayor, Trini, de 6 años. “En ese momento creí que me iba a morir. Pero pude ver que lo que hiciéramos con mi marido iba a repercutir mucho en la vida de los otros dos hijos que teníamos entonces”, dice Carolina. Completamente abierta a todo tipo de ayuda, al mes de la muerte de Trini asistió a una charla que daba Ele en el centro. Se llamaba Del dolor a la esperanza: mi hijo murió, ¿qué hago? “Cuando la conocí a Ele no dudé. Dije: Yo quiero ir por acá, quiero volver a ser feliz -cuenta-. La vi resucitada, y yo también quería eso.” Desde entonces, Carolina y Francisco empezaron a asistir al grupo de ayuda mutua. “Era venir todas las semanas y animarse a contarte y contarle al resto, de verdad, cómo estabas. Para mí fue la primera experiencia fuerte de comunidad que tuve.” Ahora, Carolina, que fue mamá de dos hijos más, está a punto de finalizar el Curso de acompañamiento espiritual, una actividad formativa de cuatro años que ofrece el Centro de Espiritualidad Santa María.

Lilia Acerbo también es acompañante espiritual del centro y coordinadora de grupo. Hace 13 años murió su hijo Juan Pablo, de 18, en un accidente de auto: “Entonces se rompió mi vida familiar y personal. La muerte de un hijo es la experiencia más próxima a la propia. Hubo que empezar a remar en medio de la tormenta, para ver qué es lo que existía en este tema”, dice. Un sacerdote le dio el teléfono de una mujer del centro, y Lilia sintió que “ése era el camino que quería seguir: no negar el dolor, sino integrarlo para poder abrazar de nuevo mi vida. Un trabajo enorme”. “Los miembros del grupo nos convertimos en alimento unos de otros: si bien llegamos impulsados por el dolor, lo que nos une es el amor -explica-. Dicen que las penas cuando son compartidas disminuyen, no porque no duelan más, sino porque lo que se ensancha es el corazón.” Los dos grupos del centro, que coordinan Lilia y Carolina -uno funciona los jueves en su sede central, en Fray J. S. M. de Oro 2760, CABA; el otro, los martes en la parroquia de la Merced, en San Isidro-, están abiertos a todos los papás que quieran acercarse, más allá de sus credos. “Los recibimos con el corazón”, dice Ele.

Que se haga justicia

El 5 de febrero de 1996, Marcela Iglesias, de 6 años, visitó con sus compañeros de colonia de verano los bosques de Palermo. Cuando cruzó por el Paseo de La Infanta, una escultura de unos 270 kilos de hierro -que se exhibía al aire libre- cayó sobre ella matándola en el acto. Las pericias demostraron que no estaba debidamente soldada a la base. Por el hecho, el escultor de la obra, la dueña de la galería que la exhibía y tres funcionarios comunales fueron procesados por el delito de homicidio culposo. Sin embargo, la causa prescribió como consecuencia de la reforma al Código Penal que modificó los plazos de caducidad de las investigaciones y jamás se llegó a un juicio. Desde entonces, los padres de la nena, Nora Iglesias y su marido, no dejaron de luchar para que se haga justicia. Pero, además, comenzaron a acompañar en actos y marchas a otras familias que reclamaban por la muerte de sus seres queridos. “El hecho de acompañar a otros, hace todo más llevadero: da fuerzas y ayuda a crecer”, afirma Nora. Desde 2005 es miembro de Madres del Dolor, una asociación integrada por mujeres que buscan convertir el dolor en acción, manteniendo viva la memoria de sus hijos, luchando porque haya menos violencia y muertes, impulsando proyectos de ley y acompañando a familias en el largo peregrinar por la justicia. “La asociación es un lugar de contención y de ayuda mutua. Acá hablamos de mamá a mamá, de corazón a corazón, y eso es muy importante. El hecho de conversar con alguien que pasó por lo mismo reconforta y hace que el dolor sea más llevadero”, explica Nora. “Quisiéramos que no haya más víctimas, que se tome conciencia y que las leyes se apliquen. Lo elemental tiene que ser el respeto a la vida. Tramos de concientizar sobre la necesidad de un cambio.” En el nombre del hijo Pablo Nicolás solía llegar a su casa de La Plata golpeado, sin sus útiles y con las hojas de sus libros rotas. Las agresiones y las burlas por parte de un pequeño grupo de compañeros de curso eran frecuentes. Llegaron a intentar arrojarlo debajo de un micro. A un mes de aquel episodio, en noviembre de 2006, Pablo falleció una semana después de sufrir un accidente de tránsito. Tenía 14 años. “Cuando se enteraron de lo ocurrido y durante la semana en que mi hijo sobrevivió, todos sus compañeros de curso fueron a verlo al hospital, incluidos los chicos que lo agredían”, cuenta Marcela Fernández, mamá de Pablo. Al morir el joven, en la división de su colegio hubo una crisis de llanto y nervios. “Lo que sorprendió a los profesores y padres no fue el dolor por la pérdida del compañero, sino el enorme sentimiento de culpa que sentían por todo lo que le habían hecho a Pablo.” Ese año fue elegido mejor compañero y los alumnos compusieron una canción en su memoria. A partir de ese momento, la división se unió. Un día, leyendo un libro de autoayuda, Marcela encontró una poesía que la conmovió: “Sentí que Pablo me decía que hiciera algo por los chicos que pasaban por lo que había pasado él. Entonces me puse en campaña para hacer una asociación, quería trabajar para prevenir que otros sufrieran lo mismo”. Fue así como, en 2008, nacía la Asociación Pablo Nicolás para la prevención y control de la violencia en las escuelas. “Comenzamos a hacer talleres lúdicos sobre convivencia y no discriminación. Enseguida empezaron a llover los pedidos.” Las muestras de agradecimiento y compromiso por parte de docentes y alumnos son para Marcela la mayor gratificación. “Considero que el verdadero fundador es Pablo, porque él consiguió la unión y la no violencia dentro de su división, pero a costa de su vida. ¿Por qué tenemos que esperar a que pase algo tan terrible cuando podemos prevenir?” Y concluye: “La asociación me ayudó a ponerme de pie y a crecer como ser humano”..