¿La oración contemplativa es para mí?

Para muchos cristianos, la oración contemplativa parece algo muy lejano: una etapa muy alta que sólo alcanzan místicos privilegiados. Pero no es así. Dios llama a todos sus hijos a contemplar su rostro, no sólo en la vida eterna, sino aquí en la vida cotidiana, como un anticipo del cielo. Todos somos invitados a recorrer paso a paso el camino de la contemplación.

La oración es un constante “recuerdo de Dios” que nos despierta la “memoria del corazón”: “Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar” , y orar incesantemente. Pero no se puede orar en todo tiempo si no se ora, con particular determinación, en algunos tiempos fuertes, en cada día, cada semana, cada mes y cada año.

Primero es necesario tener la determinada determinación de comenzar y perseverar en el camino de la oración. Segundo, como en toda relación de amor, necesitamos establecer nuestros tiempos de oración:

Un tiempo fuerte cada día. Podemos comenzar por veinte minutos todos los días.

Un tiempo fuerte cada semana, compartido en el grupo de oración.

Un tiempo fuerte cada mes. Un día de desierto en nuestra vida cotidiana, un tiempo más largo para estar con el Señor, solos o en comunidad. Es como “un desierto” en la vida cotidiana, en el que podemos alternar los tiempos de silencio con la adoración al Santísimo, con la meditación de la Palabra, escribiendo en los cuadernos de oración, percibiendo la naturaleza y con ejercicios corporales.

Un tiempo fuerte en el año. Pueden ser unos días dedicados a un retiro o a ejercicios espirituales.

Estos tiempos de oración, nos ayudan a vivir orando, a ser contemplativos y místicos en nuestras vidas cotidianas, capaces de reconocer a Dios y contemplarlo en la sencillez de cada día.

A medida que avanzamos en el camino de la contemplación, comenzamos a descubrir que ésta fructifica en nuestra vida ensanchando nuestro corazón para hacerlo cada vez más capaz de amar a Dios y a los hermanos. Vamos creciendo paso a paso en madurez humana y espiritual, y nos vamos transformando, hasta llegar “al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef.4, 13).

La contemplación nos va enseñando a ser quienes somos, a vivir presentes a nosotros mismos, abiertos a la vida tal cual se nos presenta, dispuestos para el servicio y la entrega a los hermanos.