La Mirada Contemplativa

En la contemplación nos ejercitamos en acallar la mente e ir cultivando una atención espiritual: atentos a uno mismo y atentos a una Presencia que sabemos que es y que está, aunque no alcanzamos a experimentarla.

Muchas veces en la oración, cuando nos disponemos a la contemplación,  aparecen las emociones que a veces están ancladas en sentimientos.  Nos silenciamos y se nos arrasan un cúmulo de emociones, que se presentan como una  “sudestada”…  ¿Qué hacemos? Podemos recibirlas y  atenderlas, podemos imaginarlas, dialogar con ellas, tratarlas… y hacer de las emociones el contenido de nuestra oración.  Nos pasa lo mismo con los pensamientos, las imágenes y los recuerdos. Podemos recibirlos, y quedarnos en ellos, y hacer que nuestra oración sea una meditación o reflexión. Pero si nosotros nos quedamos en esta dimensión mental, de los pensamientos y sentimientos, salimos del proceso de la contemplación. Puede ser una oración pre-contemplativa, en la que el cuerpo y la mente se aquietan, pero todavía estamos atentos a “otras cosas”, que son importantes y vitales, pero no son Dios.

Si queremos seguir en el camino de la contemplación, podemos dejar que aparezcan, que estén allí, pero sin “ocuparnos de ellas”. Somos conscientes que están, pero las dejamos, no las tratamos; quedan como en otra parte, en otra partición, en otra dimensión. Mientras oramos, podemos ir y venir a esta dimensión, en un movimiento de flujo y reflujo que no nos quita de la contemplación. Cuando estamos en la contemplación no podemos evitar nada de lo que acontece en nosotros: recuerdos, imágenes, pensamientos, sentimientos…No los negamos ni los forzamos a que se vayan o no estén, sino que los dejamos estar, pero con toda nuestra atención en un “más allá” de los pensamientos y de los sentimientos. Es lo que se llama una mirada contemplativa. Es una atención más interior, que se parece a nada… que queda ahí… como expectante, abierta, y cada vez más honda y profunda: Estás aquí, Señor… Es una conciencia de Presencia, pero se experimenta como nada, porque no va acompañada de algo sensible… Es, simplemente, una experiencia muy, muy sagrada, muy trascendente, muy consistente, que sostiene nuestro estar.

 

Esta atención o mirada contemplativa que cultivamos en los ratos de oración, también aparece  en la vida cotidiana: una capacidad de estar presente a todo, sin quedar atrapado en nada, sino con la mirada puesta en la Presencia del Señor.  Simplemente estar. Y estar presente a mi mismo, a las demás personas y a todo lo que va pasando… abierto a todo, a lo que veo, a lo que toco, a lo que escucho, a lo que siento, a lo que pasa y a cómo me afecta lo que pasa…pero atenta a una Presencia eterna, a una dimensión de eternidad que  se abre en la vida. Es el cielo en la tierra, aprender a vivir así en la tierra como en el cielo… cada día, en cada situación, en todo momento.