Destellos del SEA: La decisión de amar cada DIA

La voluntad de Dios es que seamos santos. La plenitud de la santidad es el amor. (Mt.5,48; 1 Tes. 4,3; Ef 1,4) En el camino al corazón estamos invitados a tomar una decisión: ¿Queremos lo que Dios quiere para nosotros y para lo cual fuimos creados? ¿Sí o no? Si decimos sí, le respondemos como la Virgen María: “Que sea en mí tu voluntad”.  Jesucristo vino a la tierra y se unió a la humanidad entera para hacernos capaces de cumplir la Voluntad de su Padre como él lo hizo; se entregó por nosotros como mediador, como redentor, hizo posible que pudiéramos vivir en la voluntad de Dios que es el amor. Y junto al Padre, nos envió al Espíritu Santo quien lo hace posible en nosotros.

Hay personas que malinterpretan el significado de la “voluntad” de Dios y la entienden como algo severo, o amenazante. La voluntad de Dios es el amor. Dios es y hace el amor sin división. Lo que Es lo hace, lo actúa. Dios no puede sino amarnos de tal manera que nos creó por amor, nos rescató por amor, nos conduce en el amor, y hace todo -si le dejamos- para que también nosotros amemos como él ama y permanezcamos en su amor.  

Esta es la decisión y la acción de Dios en nosotros y por nosotros. Es necesaria nuestra respuesta a Dios. 

El camino al corazón nos enseña, y ayuda a conocer la voluntad de Dios, y a elegirla como la decisión fundamental de nuestra vida. La que le da sentido y orienta todas las demás decisiones.

Nos acompaña a poner cada día esta decisión en nuestro corazón, como una intención de amor que impulsa todas nuestras acciones cotidianas.

Amar es la única decisión que responde al amor que Dios nos entrega cada día. Es una elección libre que marca el sentido de nuestras vidas. Dios nos ama primero, tiene la primacía. Nosotros, estamos creados y llamados -es nuestra vocación– a responder a esta alianza de amor, amando cada instante de nuestra vida cotidiana, y así caminar cada día, paso a paso, abiertos al amor, abiertos al Paso del Señor en nuestra vida que nos recrea y transforma. Es la pascua de Jesús.

La palabra DIA, viene en nuestra ayuda y se convierte en un anagrama simple y sencillo para hacernos acordar de vivir de acuerdo a nuestras decisiones.

En diferentes momentos del día nos ayuda a recordar nuestra decisión de amar, puesta como intención en el corazón para poder actuarla a lo largo de todo el día.

 

D: Decisión

I: Intención

A: Acción

 

Bendito seas, Señor, que nos invitas a trabajar cada día, para hacer de nuestra vida, un acontecimiento pascual, y poder exclamar con gozo lo que aclamamos en el pregón Pascual: ¡Este es el día que hizo el Señor! ¡Alegrémonos todos en él!

La D: Decisión – despiertos – deseo.

Para poder vivir cada día esta decisión, tenemos que estar despiertos, porque si estamos dormidos, la vida nos pasa de largo. Despiértate tú que duermes, y Cristo te iluminará (cf. Ef  5, 14). La luz de Cristo hace que amanezca el día en nuestra vida, nos trae las primicias de la eternidad en el tiempo.

Para eso  hemos tomado  una decisión fundamental: Nos hemos decidido por Dios,  nos hemos decidido por Jesucristo, nos hemos decidido por el amor!!¡ Y esta decisión debemos renovarla cada mañana al despertar y actualizarla cada noche antes de dormir. Si de verdad queremos ser fieles a la decisión tomada y no caer en la hipocresía.

Al despertar, preguntarnos: ¿Cómo quiero hoy vivir mi vida? ¿Cómo quiero caminar este día, paso a paso? ¿Qué tengo que ejercitar hoy para vivir el amor en esta situación difícil? Tiene que ser algo muy concreto y relacionado con lo que voy a vivir ese día.

Esta decisión sólo se arraiga en el corazón cuando verdaderamente lo deseo; entonces toca un anhelo muy profundo que pone una fuerza interior en movimiento; despierta las tendencias que nos tienden -valga la redundancia- hacia aquello que deseamos. La decisión que no está unida al deseo del corazón no tiene fuerza para arraigarse y por lo tanto no nos pone en movimiento. Se queda en una decisión vacía de labios para afuera. El Señor tuvo palabras muy duras hacia estas personas.

Intención:

La I: Intención – interior – integración

La decisión puesta en el corazón actúa como intención. ¿Qué es la intención? Es una palabra compleja de significado muy rico para la espiritualidad. Tiene su origen en la raíz ten, de la que proviene el verbo latino tendere, que quiere decir: tender, tensar, estirar. De este verbo se forman palabras que iluminan el camino al corazón: intención, tensión, atención, tender, atender, entender. La intención es un propósito, una decisión puesta en el in-terior. Jesús nos invita a ser puros de corazón y esta pureza nace de las buenas intenciones del corazón que sólo él conoce.

La fidelidad exige la custodia del corazón a fin de que las decisiones tomadas están de tal manera arraigadas en el interior que man-tienen a la persona en una a-tención continua. Esto requiere una cierta tensión, un esfuerzo amoroso que fructificará en el hábito de estar atentos a nuestras actividades cotidianas a fin de que ellas manifiesten por sí mismas las decisiones tomadas.

La “higiene del corazón” realizada cada noche custodia nuestro corazón porque mantiene encendida la llama de la fidelidad entre la decisión  y las acciones realizadas ese día. La intención del corazón requiere esta mirada higiénica que mantiene la pureza del corazón renovando la intención cada día.

El Señor no mira los resultados sino la intención del corazón que mantiene la tensión hacia el fin que anhelamos al mismo tiempo que desarrolla la atención.

Así como podemos aprender a “hacer la plancha” en medio de las olas; así podemos aprender a vivir manteniéndonos atentos en medio de la actividad cotidiana.

Caminamos hacia lo que anhelamos y que aún no poseemos, gustando las primicias de la plenitud y aprendiendo a vivir el misterio de Dios en la vida, tal como nos la enseñó Jesús.

Las decisiones que responden a los anhelos de la persona humana y se siembran en el interior con las semillas del deseo y de la buena intención son regadas por el manantial de agua viva que brota del Corazón resucitado de Jesucristo; su Agua purifica las intenciones, resignifica las acciones y transforma la vida entera de quien está decidido por el bien, por el amor y por la verdad.

La A: Acción – Actos de Amor – Aquí y Ahora.

La atención nos mantiene despiertos a la decisión que hemos tomado y puesto en nuestro corazón como intención; nos mantiene atentos para concretarla en actos de amor. ¿Cuándo? Aquí y ahora: ahora estoy aquí, y es aquí y ahora, donde puedo amar. La atención nos mantiene atentos al presente al mismo tiempo que capaces de abrazar – en simultáneo- la diversidad de tonos y matices que la realidad presente nos ofrece.

La decisión y el deseo de ser una buena persona se manifiesta en los actos. Por lo tanto, si de verdad lo elijo, tendré que desarrollar a lo largo del día una especial atención que deberé ejercitar para que vaya integrando la decisión a los actos cotidianos. Desarrollar esta atención continua, suscita un proceso de integración y unificación, que requiere momentos dedicados; la mañana, algún momento del día y la noche que nos permitan recordar -en presencia de Dios- la decisión tomada y la posibilidad de ejercitarla en el momento preciso.

Por ejemplo: A la mañana elijo algo muy concreto para ejercitar: Todo el día de hoy me acordaré que quiero ser bueno con todos. Voy a practicar el ser amable en mi tono de voz, en mi forma de mirar y tratarlos.

A la mitad del día, me pregunto y miro cómo lo vengo realizando y a la noche, como un momento privilegiado del día, hago “la higiene del corazón” práctica excelente para la custodia del corazón.

Las escrituras nos hablan de “practicar el bien”; la práctica continua del bien desarrolla la virtud y la virtud constante el buen hábito que conduce a un estado habitual de bondad. Lo que más anhela nuestro corazón es el estado habitual del bien, de la verdad y de la unidad que nos permite ser quienes somos y desarrollar el amor como forma de ser y de estar en el mundo. Nos permite ser buenas personas. Y de esto sencillamente se trata el camino al corazón. Dejarnos enseñar por el Maestro a vivir en la tierra como en el cielo, capaces de discernir el trigo de la cizaña dejándonos a-traer por el Presente y siendo capaces de abrazar, al mismo tiempo y sin-distracción, la diversidad de la realidad con sus luces y sombras.

La atención nos permite estar presentes y abiertos a la Presencia, dejando que la eternidad irrumpa en el tiempo y nos ponga en comunión con el Eterno. Si aprendemos a vivir así descubrimos una profunda plenitud que nos llena de paz y de gozo. ¡Es tan sencillo! Sólo tenemos que decir a Dios y dejar que él SEA en nosotros derramando y actuando su amor. Es un acto de amor y de adoración.

Necesitamos confiar en la fuerza de Dios que nos mantiene, nos contiene y nos sostiene, nos tiene en su amor, a fin de que podamos permanecer en él. La higiene del corazón nos permite confrontar los actos cotidianos con nuestra decisión de amar.

Grabemos a fuego en la memoria de nuestro corazón. Cada DIA renovamos la decisión de amar, el Amor se hace decisión, intención y acción. El día se hace entonces un camino de IDA a Dios: DÍA – IDA – A DIOS, como un movimiento continuo, una moción de amor que nos une al AMOR. Y el adiós implica una renuncia, una muerte a todo lo que necesito dejar porque no son parte de mi equipaje en el camino al corazón, en mi peregrinar hacia la unión con Dios. 

Y que ASI SEA!!!

Cada día tenemos que renovar nuestra decisión de ver a Jesús en las situaciones cotidianas de nuestra vida. Cada día ejercitar vivir el misterio de lo cotidiano preñado de lo eterno. Cada día intentar vivir el cielo en la tierra. Y cada día ponemos esta decisión en nuestro interior, como una intención, para acordarnos a lo largo del día. La decisión interior nos va ayudando a acordarnos a lo largo del día de actuar como verdaderos místicos: amando a Dios y a los hermanos.

La palabra DIA, se  convierte en un anagrama que nos ayuda a acordarnos y a encarnar la decisión de amar, la intención de amar y la acción de amor.  

D: decidir cada día vivir amando

I: poner la decisión en nuestro interior, como una intención.

A: acordarnos de nuestra decisión y dejar que la intención se haga acción: actos concretos de amor. ¿Cuándo? Aquí y ahora.

Cada día, la decisión, la intención, y después la acción.

Bendito seas, Señor, que nos invitas a tu encuentro, para hacer de cada día de nuestra vida, un acontecimiento pascual. Cada día queremos resueltamente amar a nuestros hermanos y darles lo que se merecen por ser quienes son; cada día queremos compartir nuestros bienes y nuestra vida con quienes están a nuestro lado; cada día queremos recibir al Señor en nuestra casa, hacer la experiencia de Zaqueo y exclamar con gozo y alegría: ¡Hoy ha llegado la salvación a nuestra vida!