Destellos del SEA | ¿Dónde nos ubicamos en la vida?



Evangelio de Lucas, capitulo 15,1-6
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”.

Lucas, en el Evangelio, nos habla de la misericordia de Dios, manifestada en Jesús. Deja todo por uno, por cada uno, por cada uno de nosotros, y va a buscarnos al lugar a donde estamos. Y si estamos perdidos o escondidos, o simplemente desubicados, nos abraza y nos carga con amor para volver a ponernos en “nuestro lugar”.
Nosotros decimos: Yo lo busco a Dios pero no lo encuentro. Me parece que no me ve, que no me mira. A veces me escapo de Dios. ¿Dónde estoy yo? ¿Dónde está Dios?
Lo primero es ubicarnos respecto de Dios. Porque si no estamos ubicados respecto de Dios, estamos desubicados. Y desubicados, no llegamos a ningún lado.
El mismo Dios nos ubica. Pero con nuestra colaboración. No es fácil ubicarnos. Todos tenemos experiencia de qué difícil es ubicarnos, conocernos, apropiarnos. A veces es toda una conquista apropiarnos del lugar: el lugar en el amor de mamá y papá, entre nuestros hermanos de sangre, en casa. ¡Y la influencia que tiene eso! Las que somos mamás de muchos hijos, o los que somos hijos de familia numerosa… o los que somos único hijo, o dos.
¡Qué difícil es muchas veces el ubicarnos en el colegio, en la universidad, en el trabajo, en lo social…! Es todo un tema.
Nos vamos adaptando, hasta que en la vida vamos encontrando nuestro lugar. No nos es fácil. A veces otros nos ponen en un lugar, y nosotros muchos años creemos que ese es el lugar, nos ponemos el personaje de ese lugar. Y llega un momento en la vida, que, surge la pregunta ¿dónde estoy yo? Yo no soy un personaje.
El lugar tiene una función. Entonces puede ser que yo esté identificado con el lugar de la función o del rol, que crea que esa es mi identidad, quien yo soy. Es importante saber cuál es mi lugar, en esa función, en ese rol. Pero hay lugares anteriores, que me dan mi ubicación con respecto a la vida.
Gracias a Dios, Jesús nos va conduciendo a nuestro lugar. Nos rescata de estar  poniéndonos personajes según los lugares, pero estando desubicados en la vida.
Cuando nos ubicamos respecto a Dios, inmediatamente, quedamos ubicados frente a los demás. Es un efecto dominó, me puedo ubicar respecto de mi casa, de mi sangre, respecto de un orden de la vida. Con mis padres, mis hermanos. Puedo mirar con buenos ojos: sí, soy el mayor. A veces nos desubicamos… o dejamos que los demás nos ubiquen en donde no nos corresponden y nos etiqueten: soy el preferido, el violento, el bueno, el ordenado… el Señor nos va sacando amorosamente etiquetas que nos van como escondiendo de nosotros mismos. Esta primer mirada de Dios que nos ubica en este orden de la vida. Y entonces, podemos mirar  sin juzgar. Podemos, porque pertenecemos. Estamos unidos a Dios, entonces puedo mirar a Dios, contemplar a Dios, y desde su mirada puedo reconocer cuán valioso soy que Jesús deja todo, y me va a buscar, me recibe, me carga… entonces, yo tengo otra mirada también. Sino, estoy desubicada. Me quedé afuera. Estoy enojada, con la vida, con todos. Y miro al hermano, y ese tiene más, y lo envidio, lo codicio, y le tengo celos, protesto. Estoy desubicado, no sé que me está pasando. Me quedé afuera de algo. Y yo pensaba que estaba tan adentro!!! Que hice las cosas bien… pero parece que no pasa por hacer las cosas bien. Hay algo más.