¡Felices los que creen sin haber visto! – Segundo Domingo de Pascua

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan! Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. Él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 19-29).

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana…

Las apariciones del resucitado tienen lugar al amanecer o al atardecer… y casualmente parecen ocurrir en el primer día de la semana. Nos hablan de amaneceres y ocasos, de días que terminan y empiezan… de lo nuevo que se empieza a gestar.

…estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos…

Miedo y puertas cerradas. Amigos escondidos en la seguridad de una habitación. Podemos preguntarnos: ¿a qué le tengo miedo? ¿Cuáles son mis temores? ¿En dónde me refugio o me siento seguro? ¿Qué está cerrado en mi vida? ¿Cuáles son mis cerrazones?

…llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”.

A pesar de mis miedos y mis inseguridades, atravesando todo lo que está cerrado y mis cerrazones, el Señor irrumpe en mi vida para desearme la paz. La presencia del Señor y su paz lo trascienden todo, lo superan todo… y me llenan de alegría.

Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban al Espíritu Santo…”

La paz del Señor es un soplo que nos llena del Espíritu… un soplo que barre con nuestras puertas cerradas, que nos deja abiertos y expuestos y nos envía como misioneros de su paz a llevarla a los hermanos. ¡Hay tantos lugares a los que somos enviados para llevar la paz! ¡Hay tantas personas que siguen encerradas en sus miedos, que necesita que vayamos y soplemos sobre ellas el soplo que recibimos! ¿Qué estoy esperando? ¿A qué lugares me envía el Señor?

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. Él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.

Pero muchas veces no respondemos a este envío porque nos quedamos dando vuelta en nuestras dudas… y ponemos condiciones a Dios para creer: hasta que no vea y toque, hasta que no entienda, hasta que no esté seguro, hasta que no me sienta preparado, hasta que mis hijos no crezcan, hasta que no me salga este trabajo, hasta que no me cure, hasta que no me den lo que merezco… ¡tantas y tantas condiciones! ¿Cuáles son las condiciones que yo estoy poniéndole al Señor para creer y salir a anunciar su presencia a los hermanos?

Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”.

Hasta aquí, todos los relatos que hemos meditado, nos hablan de hombres y mujeres que sin ver creen, o que ven pero no reconocen. Aquí aparece por primera vez un amigo entrañable, tan parecido a todos nosotros, que se niega a creer sin ver… que condiciona su fe a la certeza de ver y tocar. ¿Qué necesito ver y tocar para creer? ¿Que necesito que pase para darme cuenta de la verdad? ¡Somos tan descreídos y desconfiados! ¡No damos crédito a lo que vemos y tocamos! ¿¡Cómo vamos a creer sin ver ni tocar!?

Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”.

Una bienaventuranza más que Jesús agrega a las del Monte: Felices los que creen sin haber visto. Está dirigida a mí y a ti… y a todos los que creemos en lo que no vemos ni tocamos, apoyados sólo en la fe y en el testimonio de otros que vieron y creyeron… o que no vieron pero también creyeron. Apoyados en la certeza de la Presencia del Señor en nuestra historia que no podemos ver y tocar con nuestros ojos y manos, pero que de alguna forma se hace visible y tangible si de verdad nos abrimos a la trascendencia. Si solo nos quedamos con lo que podemos ver y tocar con nuestros sentidos corporales, nos perdemos su Presencia. Si aprendemos a ver y tocar la realidad abiertos a su dimensión trascendente, eso mismo que vemos y tocamos informa a nuestros sentidos espirituales para ver y tocar al Señor presente en todas las cosas. Y entonces podemos ser felices y recibir la paz que el Señor nos regala. Y no porque tengamos “visiones”, sino porque aprendemos a ver al Señor en lo que vemos, a tocarlo en nuestra vida cotidiana.

 

Extraído del libro “Jesús vivo en nuestra vida”, de Inés Ordoñez de Lanús. Marzo 2016.

Para adquirirlo: Editorial Camino al Corazón